Fecha: 3 de septiembre de 2015 · Autor: Emilio Navaza · Categoría: Personajes

Rafael García

Con dos vidas atléticas

Antes de que Alfonso Ortega se integrara como entrenador en el colegio Apóstol Santiago, Rafael García (Vigo, 1949) al salir de clase solía organizar con sus compañeros inofensivas apuestas con caramelos echándole nada menos que una carrera al tranvía hasta la parada de García Barbón. Y en el centro educativo vigués, Ortega se fijó en él, en cómo corría, y se lo llevó de inmediato para el Real Club Celta, donde se encontró, naturalmente, con Alfonso Posada, columna vertebral de la entidad. “Ambos se convirtieron en los ángeles protectores de mi carrera deportiva”, indica Rafael.

Que aquel muchacho congregaba mucha calidad es evidente porque lo pudo demostrar desde muy joven. Menciona el interesado que en 1965, cuando tenía quince años, realizó la mejor marca mundial del año en 1.000 metros “en mi segmento de edad”, con un tiempo de 2 minutos y 30 segundos. Quedó campeón de España de 1.500 metros en 1972, año en el que fue internacional dos veces. Tras un obligado abandono del atletismo por cuestiones laborales en 1973, volvió a él en los años 80 transformado en un maratoniano de éxito: medallista de bronce en el Campeonato de España de 1984 y triunfador en el Maratón de Barcelona en 1985.

Rafael García corriendo en el estadio de Riazor en los años 60

Su historia la comenzó a construir Rafael, tantas veces mentado como Rafa, con esa inevitable admiración que provocan los elegidos. Porque él lo era. En él había un permanente ganador. Consiguió dos veces el título nacional juvenil de 3.000 metros: en 1965 con una marca de 8:57.7 y en 1966 con 8:42.2. Y en el cross arrollaba igualmente. Defendiendo al Celta acabó en primera posición en el Campeonato de España de clubes juveniles de 1966 y 1967, aunque su equipo solo fue campeón ese último año, y ya de júnior, en la misma competición, en 1968, su triunfo individual aportó lo suyo para que el conjunto vigués se alzara con la victoria. En 1969 ya formó parte del fabuloso grupo senior con que contaba el Celta que se proclamó, una vez más, campeón de España de clubes de cross (Rafael acabó aquel día en el puesto decimoquinto).

Cuando terminó el bachillerato se marchó para Madrid, becado en la Residencia Blume, tiempo en el que dejó de ser dirigido por Alfonso Ortega, sin embargo volvió a contar con él una vez que, en 1971, no le fue renovada la beca “por no alcanzar los resultados esperados”. Desde ese instante, “paso a entrenarme por mi cuenta con los planes y controles que Ortega me enviaba. Esta relación ya nunca más se vio interrumpida mientras mantuve mi actividad competitiva”.

Pero busquemos a Rafael García en el ranking de finales de los 60 para saber exactamente cómo iba respondiendo. En 1968, por ejemplo, ocupaba el noveno puesto en 1.000 metros y en 3.000. En la distancia más corta se había quedado en 2:29.3 (el mejor era Enrique Bondía, 2:21.8) y en 3.000 en 8:31.4 (lideraba la prueba el fantástico Javier Álvarez Salgado, 8:06.2). Un año después, es decir, en 1969, era la quinta mejor marca del año en el kilómetro con 2:28.6, mientras que José María Alonso Burgos es quien mandaba con 2:26.8. Ese año 69, Rafael había hecho en los 1.500 metros 3:50.2. Y al término de 1970, cuando ya no pertenecía al Celta sino al Ministerio del Ejército, era el décimo hombre en los 5.000 metros con 14:28.4, situándose en la cúspide el gran Álvarez Salgado, 13:54.4.

Y entonces el calendario nos lleva hasta 1972, un año con un significado especial para el protagonista. El 18 de marzo, en Cambridge (Gran Bretaña), debutó con la selección española en lo que fue la última edición del Cross de las Naciones, ya que al siguiente año se corrió el Campeonato del Mundo.

Participaron once equipos nacionales con nueve corredores (Finlandia era una excepción al presentar solo seis), lo que dio como resultado una masificada carrera senior de 105 atletas que tuvieron que cubrir 12 kilómetros. El belga Gaston Roelants, de auténtica talla mundial, fue el ganador, por delante del palentino Mariano Haro. Españoles mejores que Rafael García fueron también Juan Hidalgo, Juan Miguel Maiz, Santiago de la Parte y Carlos Pérez. En Atletismo Español se escribió: “Nuestro 6º hombre para la clasificación por equipos fue Rafa García que llegó en un decoroso para su debut en la carrera grande, 77º puesto”. En cuanto a formaciones, España acabó quinta y la victoria correspondió a Inglaterra.

De izquierda a derecha, los célticos Rafael García, Carlos Pérez y Javier Álvarez Salgado

El vigués deja constancia de lo que supuso para él su presencia en aquella selección nacional: “A veces pienso que me siento más orgulloso de haber formado parte de ese equipo que de mis propios éxitos individuales. Ahí es nada, codearme con Álvarez Salgado y Mariano Haro, auténticas estrellas del atletismo mundial en aquella época”.

Volvería a ser internacional en septiembre del 72 en el encuentro contra Yugoslavia en Zagreb, donde la selección anfitriona se impuso por 109 puntos a 102. Hubo ausencias en las dos formaciones, aunque más sensibles en el bando español, bando en el que se padecieron actuaciones decepcionantes. Pedro Escamilla lo comentó con dureza: “Es que hemos tenido unos cuantos atletas que no han sido dignos de la selección ni de haber sido elegidos para representar a España ni de haberse sacrificado un poco más para gozar después de una victoria española. Y quien no es capaz de sacrificarse, de luchar con ahínco y fe en pro del atletismo español, no merece pertenecer a su familia, por muy figura nacional o internacional que sea…”

Los dardos envenenados del crítico no alcanzaron sin embargo a Rafael. “Antonio Fernández Ortiz y Rafael García hicieron una admirable carrera de 1.500, conduciéndola con habilidad para saber ganar al final, resistiendo Rafa el duro ataque de Djordjevic -3:45.7 de mejor marca en 1972- y ganando puntos para nuestra selección”. La carrera de 1.500 tuvo este desenlace: Antonio Fernández Ortiz, 3:49.0; Rafael García, 3:49.5; V. Djordjevic, 3:49.7; y B. Bozinovic, 3:49.8.

Su primera comparecencia en los Campeonatos de España en pista se remonta a 1966, cuando contaba 17 años. Estuvo en la final de 1.500 que ganó José María Morera en 3:50.1, ocupando la séptima plaza en 3:56.9. También compitió en la edición de 1968, quedando quinto en 1.500 con 3:55.6, carrera que ganó José María Alonso Burgos, 3:46.5. Y en 1969 se clasificó noveno en la misma prueba con 3:59.2 y victoria de José María Morera con 3:46.5.

Hasta 1972 no volvió a vérsele en la cita por excelencia del verano y aquel año, en Vallehermoso, se produjo lo que él mismo llama “gran sorpresa”. Ganó la medalla de oro en los 1.500 “de forma inesperada”, dice. Y lo explica: “Inesperada porque después de una temporada magnífica de cross, había puesto mis esperanzas en los 5.000 metros, pero tuve una mala tarde y me retiré, con lo cual decidí salir en los 1.500”.

Tras haberse clasificado segundo en la primera serie de 1.500 con 3:51.0, fue el mejor en la final, aunque su marca de 3:47.6 también la hizo el segundo clasificado, J. Borraz, mientras que la tercera posición se la llevó García Caro en 3:48.6. El cuñado de Rafael García, Javier Álvarez Salgado, obtuvo la séptima plaza en aquella carrera con 3:51.8.

Corriendo el Cross de Granollers en 1973

Atletismo Español reconstruyó la carrera victoriosa del vigués en estos términos: “En la milla métrica,como antes le solíamos decir, de los hombres, saltó la gran sorpresa de los Campeonatos. Sale en cabeza Alonso Burgos (1:00.5 en la primera vuelta), a los 500 metros toma el mando García Caro y a los 700, Álvarez Salgado (2:04.7 en la segunda vuelta). A falta de 350 metros se adelanta Borraz (3:05.6 en la tercera vuelta) y, cuando quedan 200, Rafael García Pérez. Borraz vuelve a rebasarle y en una recta final, codo a codo, se invierten todavía otra vez las posiciones, con 3:47.6 para los dos sobre la cinta de llegada”.

No debe extrañar que después de tan magnífica campaña le otorgaran de nuevo la beca en la Residencia Blume, pero ahora para la sede de Barcelona donde reside por motivos laborales. Sin embargo, en 1973, debido a su trabajo profesional no tuvo más remedio que abandonar el atletismo. Su carrera como atleta se veía de este modo truncada. Ya no tuvo que pelearse más contra el cronómetro. Todo pasó a ser historia.

Pero andando el tiempo, ya con el futuro encauzado, y en un entorno muy favorable, retomó su gran pasión por correr. Y, como indica, “ahora sin la presión de obtener unos resultados concretos”. Por eso cuando, en los años 80, floreció el pedestrismo popular y ya no hubo miedo a las largas distancias y el maratón se hizo una disciplina asequible, ahí estaba Rafael García. “Con treinta y tantos años reinicio una segunda vida atlética, ahora centrada en la carretera”.

Entre los 72 participantes que intervinieron en el Campeonato de España de Maratón de 1984 en Fuenterrabía se encontraba el vigués, enfundado entonces en la camiseta del Fútbol Club Barcelona. El riojano Traspaderne, campeón el año anterior, era a quien se daba como favorito, pero se quedó sin opciones antes de alcanzar el kilómetro 30. La carrera, finalizada por 63 atletas, fue ganada por Eleuterio Antón en 2h13.28, seguido de Vicente Antón en 2h13.38 y Rafael García en tercer lugar, 2h15.19. Traspaderne quedó en octava posición, 2h19.26.

Como es natural, el cronista de Atletismo Español le otorga “una ovación de gala” a Eleuterio Antón por su triunfo, pero en el análisis va más allá: “No parecía ir más cómodo que Traspaderne, ni siquiera que Vicente Antón y Rafael García. Sin embargo supo estar siempre en punta, respondió cuando el barcelonista reiteró sus ataques -claves en el decaimiento de Traspaderne- y supo dar la puntilla a Vicente”.

Participante en el Maratón de Nueva York por primera vez en 1983

En 1985 consigue una victoria espectacular en el Maratón de Barcelona. Era la octava edición, se habían inscrito 2.810 corredores (llegaron 2401) y Miquel Pucurrul, en un magnífico historial de la prueba, comenta que por primera vez los ganadores “fueron catalanes” (en categoría femenina había triunfado Quima Casas).

Rafael hizo un tiempo de 2h18.16, segundo quedó Paul Kenny en 2h18.34, y tercero fue Toew Coiny en 22h21.23. En el kilómetro 27 se había retirado el favorito y ganador del maratón en 1983, el danés Zachariasen.

Miquel Pucurrul cita una anécdota referida a Rafael García en aquel maratón: “Como hacía frío y soplaba el viento, para protegerse se puso una camiseta blanca encima de la de su club. Y en el momento de quitársela, a pocos metros de la llegada, estalló una fuerte ovación; pero no tanto, dijo él mismo, porque entraba el ganador, que no lo conocía casi nadie, sino porque el que lo hacía… llevaba la camiseta del ¡Barça!”

En la edición de 2014 debutó en este maratón barcelonés el hijo de Rafael, Adrián García (había sido campeón nacional júnior e internacional en esta categoría tanto en cross como en pista), terminándolo con un registro de 2h24.30 en décima posición.

Para Rafael tanto el tercer puesto del Campeonato de España de Maratón de 1984 como la victoria del Maratón de Barcelona en el 85 significan, según comenta, “los dos hitos más importantes de esta época que se fue extinguiendo, en el plano competitivo, por culpa de las lesiones”. Pero aún con 65 años se presentó en su tierra para correr la Vig-Bay. “Hasta los cuarenta años me mantuve a un nivel bastante alto. Abandoné las competiciones pero no la pasión por correr”.

Reflexiona Rafael que más que sus éxitos individuales, lo que más valora de su dilatada carrera es la experiencia que acumuló. “He vivido épocas diferentes y eso, a nivel personal, ha supuesto un enriquecimiento fabuloso”, dice. “La primera etapa estuvo marcada por la necesidad de obtener resultados. En la segunda he disfrutado mucho de correr, sin presiones. Si la primera me dejó un cierto regusto amargo de no haber cumplido las expectativas en base a unos comienzos fulgurantes, la segunda me ha permitido disfrutar de la pasión de correr, más allá de marcas y clasificaciones, e incluso de cierta popularidad en los ambientes atléticos”. Y aunque también reconoce que le hubiese gustado participar en unos Juegos Olímpicos, añade, muy sabiamente, que “muchos son los llamados pero pocos los escogidos”.

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