Fecha: 26 de marzo de 2015 · Autor: Emilio Navaza · Categoría: Personajes

Miguel Abalo

En el cine con Harrison Dillard

Miguel Abalo en los Campeonatos Nacionales del Frente de Juventudes en Oviedo en 1956, donde ganó los 400 metros vallas

Estando en el cine, el NO-DO mostró unas imágenes del velocista y vallista estadounidense Harrison Dillard, cuádruple campeón olímpico, que lo encandilaron. A partir de ese momento Miguel Abalo (A Coruña, 1937) decidió que él, que ya estaba en el atletismo participando en pruebas de 300 y 600 metros, también sería corredor de vallas. Y acertó en su apuesta. Porque en 1958, en San Sebastián, alcanzó uno de esos triunfos que se introducen sin remisión en la posteridad: campeón de España de 400 metros vallas, su especialidad. Cinco veces fue convocado con la selección española absoluta. Y en su significativa trayectoria atlética, no es para desdeñar un hecho con cierta carga histórica: estuvo entre los becados cuando entró en funcionamiento en Madrid, en enero de 1958, la Residencia Moscardó (lo que después sería la Blume).

Míguez Tapia, director del Instituto masculino de A Coruña, donde estudiaba el bachillerato Miguel Abalo, quiso que sus alumnos no se limitaran a practicar atletismo solo con los campeonatos escolares sino que lo tuvieran en cuenta durante el período estival. De ahí que naciese el equipo Centros Escolares en el que ya comenzó a sobresalir Abalo, triunfador habitual por aquellos años de 1954 y 1955, tal como fue recogiendo la prensa de la época: récord regional juvenil de 600 metros (1:30.8), victoria en los 300 (42.0) de un certamen provincial escolar, ganador en 110 vallas (17.6) en Oviedo en un triangular de las federaciones Centro, Asturias y Galicia, superación de su propio récord de 600 (1:29.2)… Abalo, parece claro, entró en el atletismo de manera arrolladora, dejando ya constancia de un atleta capaz.

Con la pretensión de convertirse en perito agrícola abandonó A Coruña en 1956 y se estableció en Madrid, donde, como atleta, tuvo a Juan Sastre y a Rafael Cavero de entrenadores en un principio (en su ciudad natal guiaron sus pasos los técnicos Biurrun, Diego Vela y Manuel Fraga), hasta que fue adiestrado por José Luis Torres tan pronto como pasó a residir en la Moscardó. El cambio no produjo ningún contratiempo en su discurrir atlético; su empuje no se detuvo lo más mínimo y se hizo notar, por ejemplo, en el torneo nacional del Frente de Juventudes triunfando en los 400 vallas en Oviedo por delante de Lobo y Nordiella.

Cuando finalizaba el mes de marzo de 1957, en las pistas de la Ciudad Universitaria de Madrid caían dos récords nacionales de juveniles, siendo uno de ellos del coruñés. En Marca, se escribió: “El segundo récord estuvo a cargo del galaico Abalo, un muchacho con la afición y cualidades suficientes para llegar a ser un gran campeón; su forma ascendente y la manera de lograr su récord en los 400 vallas, sin contrario ninguno, en 58 s.1-10, así lo confirman”. El atleta del Real Club Deportivo asestó el golpe preciso para que fuera llamado de inmediato a integrar la selección nacional.

El coruñés, segundo por la izquierda, corriendo 110 metros vallas en el estadio de Riazor en los años 50

Para él, el 18 de mayo de 1957 tiene que ser inevitablemente una fecha a tener en cuenta porque representaba alcanzar una cota de eficacia: ser internacional absoluto supone pertenecer al escalón superior de la elite. Debutó en terreno que conocía, en las madrileñas pistas de la Ciudad Universitaria, teniendo enfrente a los atletas de Francia Sur. Y estuvo eficaz el coruñés. Se plantó en la meta con 58.2, perseguido de cerca por el galo Rollet, 58.4, y su compañero Lorente, 58.5, porque el francés Galiana no tuvo opciones, 1:01.4. En Marca el crítico Pedro Escamilla, una autoridad en este campo, hacía esta valoración: “La primera victoria nacional la obtuvo el juvenil Abalo, en 400 metros vallas, tras haber mandado Lorente en casi toda la carrera. El galleguito, con magnífico espíritu, ganó en la misma línea por un escasísimo pecho. Lorente alcanzó la tercera posición tras férrea lucha con Rollet”. El encuentro finalizó con la victoria francesa por escaso margen: 96-92.

Una semana más tarde de su incorporación al equipo nacional, fue llamado de nuevo. A Madrid llegaba la selección de Alemania. Pero esta vez no anduvo tan fino Abalo, aunque era prácticamente un imposible superar a la pareja germana. Acabó tercero con 58.8, bastante mejor, no obstante, que Lorente, 59,5, pero los visitantes no fueron inquietados: Janz ganó con 55.1 y Stephan hizo 55.2. Atletismo Español cuenta lo sucedido en aquellos 400 vallas: “Janz, que tiene acreditados recientemente 53.2, venció con gran ventaja a los restantes participantes, dejando acercarse en la recta final a su compañero Stephan. El español Abalo supo medir bien la distancia y terminó en tercer lugar demostrando su progreso”. Pero de la Ciudad Universitaria, los alemanes se fueron con el zurrón cargado de puntos: 143, mientras los españoles se tuvieron que conformar únicamente con 60.

Un par de cosas buenas habían de ocurrirle todavía a Abalo antes de que se diera por concluido el de por sí, para él, ya maravilloso 1957. Y es que hay que consignar que en octubre, en Madrid, obtuvo un claro triunfo con la formación española juvenil en 400 vallas (58.2) ante la representación belga, conjunto, sin embargo, que no resultó endeble porque se llevó la vitoria sin apreturas: 113-90. En Pueblo se dice del coruñés que “estuvo francamente bien”, Marca recoge que “luchó gallardamente por el triunfo” y en La Noche se habla del “maravilloso sprint de Abalo, que fue donde ganó la prueba”.

A punto de tener que arrancarse la hoja del calendario del mes de octubre, Miguel Abalo se apoderó del récord gallego absoluto (y nacional juvenil) al correr los 400 vallas en 57.4 en una reunión celebrada en la Ciudad Universitaria de Madrid. La anterior plusmarca gallega pertenecía a Emilio Tapia con 57.5 desde 1955.

Abalo, a la izquierda, ganando la final de 400 metros vallas de los Campeonatos de España de 1958 en San Sebastián

A mediados del mes de enero de 1958, una decena de deportistas (casi todos atletas) se integraron como becarios en la Residencia Moscardó que se abría con la intención de congregar a jóvenes con posibilidades de éxito al más alto nivel en un futuro más o menos cercano. Abalo estuvo entre ellos. De director ejercía José María Casero Picurio, quien explicaba que el escaso número de residentes era debido a que cómo ya estaba iniciado el curso académico resultaba complicado para los jóvenes el cambio de residencia a Madrid. En aquellos momentos, de todos modos, la creación de la residencia provocó la atención de diferentes medios.

En un reportaje de Informaciones del 6 de marzo, sobre la convivencia de los residentes en el centro, se ponía de relieve que, una vez finalizada la cena, se produjeron momentos lógicos de distensión y de cierta alegría. Y cuenta el periodista: “Abalo, el gallego, tiene voz de barítono y nos “obsequió” con una media ópera. Palmas por parte de unos y silbidos de otros”. En todo caso, normal entre un grupo amigos. Pero en este punto habrá que incidir precisamente en esa afición del coruñés por el canto que le llevó a participar el año 1959 en el programa radiofónico Desfile de Estrellas en A Coruña.

La Hoja del Lunes del 12 de enero se hizo eco de una de sus participaciones: “La sexta eliminatoria ofreció novedades agradables, tales como la actuación de Miguel Abalo en “Canción selecta” con unas brillantes interpretaciones de Oh, Mari y Torna a Surriento que le valieron escuchar las más fuertes ovaciones de la noche. Indudablemente Miguel Abalo es un firme candidato en este interesante certamen artístico; pero sus estudios le obligan a desplazarse a Madrid, impidiendo así, probablemente, que Abalo confirme definitivamente que además de un gran campeón de España en atletismo es un excelente cantante”.

El de 1958 fue el año en el que el coruñés dio lo mejor de sí, pues además de quedar campeón nacional, hizo marca personal en su disciplina (56.1) situándose en el primer puesto del ranking de ese año, y hasta en tres ocasiones fue llamado para defender la selección española… En abril, en un viaje que hizo a Galicia José Luis Torres, el entrenador de la Residencia Moscardó, manifestó en el semanario Riazor que consideraba a Abalo “un estudiante y un atleta ejemplar”. Y añadía: “Hará grandes marcas en los 400 metros vallas y 800 metros lisos si continúa la marcha ascendente iniciada. En las vallas creo que puede ser recordman absoluto para el año próximo”.

En vísperas de los Campeonatos de España en San Sebastián, Pedro Escamilla reflexionaba en Marca sobre la carrera de 400 vallas diciendo que “el galleguito Abalo se me figura el mejor especialista del momento”. Y Abalo hizo buenas sus palabras. Se mostró con solvencia en la final, pues sus 56.1 (récord gallego) no ofrecían duda ante los 56.7 de Alberto Díez y los 57.8 de Bernardino Lombao. Atletismo Español se lamentaba de la carencia de buenos especialistas (Cesáreo Marín estaba decidido a dejar la prueba), aunque por el hueco de la esperanza lograba escaparse el atleta coruñés: “Abalo es el que apunta mejores condiciones y podrá mejorar los 56.1 que hizo”. Y cuando días después los seleccionados españoles se concentraban en Tolosa para enfrentarse a los portugueses en Lisboa, Marca, a través de Escamilla, opinaba así de Abalo: “Está en plena progresión y creo que dentro de dos años, cuando mejore su velocidad en liso, será hombre que tendrá un sitio entre los que vayan a Roma. Su técnica es excelente y resiste bien. Todavía este año lo veremos bajar de 56 segundos…”

Participando, con el Deportivo, en la Vuelta a La Coruña por relevos en diciembre de 1957

Acumulaba dos internacionalidades y entre julio y agosto de 1958 sumó tres más. En el estadio lisboeta de Alvalade España ganó 114 a 98 a Portugal, y en 400 vallas Abalo acabó tercero (58.4), superado por el luso Mario Lourenço (56.7) y su compañero Cesáreo Marín (57.6).

En Bruselas, en el estadio Heysel, en un triangular con Bélgica y Dinamarca, en una carrera de 400 vallas que ganó el atleta local Lambrecths en 54.6, el coruñés terminó cuarto en 57.2, superando así al danés Eck, también con 57.2, y a su compañero de selección Busquets, 59.5. Bélgica fue la que sumó más puntos, 172, seguida de Dinamarca, 137, y España, 115.

Y el punto final a su presencia en la selección lo puso en Mónaco frente a Francia Sur. En su habitual carrera se impusieron los dos franceses, Mangez, 55.4, y Van der Vliet, 55.9; Abalo concluyó en 56.5 y su compañero Díez en 57.1.

Su paso por la selección le dejó recuerdos, satisfacción y auténtico orgullo. “Me acuerdo más de Bruselas”, dice Abalo, “en el estadio Heysel, con el Atomium al fondo. Cuando sonó la Marcha Real, de sentir emoción y caerte los lagrimones. Ese recuerdo lo tengo. Sientes el orgullo de estar representando a tu país y…”

En el prácticamente último tramo de su experiencia como atleta Abalo vivió la desagradable situación de sufrir fisura de peroné y rotura de fibras en la misma Residencia Moscardó. Un percance desafortunado. Era el momento de la cena, bajó las escaleras de dos en dos y el tacón del pie izquierdo se le quedó atrapado en el escalón, lo que provocó la lesión obligándolo a estar un mes escayolado. Una vez recuperado volvió a las pistas aunque en 1959 abandonó el atletismo. Pero todavía se subió al podio de los Juegos Universitarios Nacionales en Madrid en los 400 vallas al quedar tercero, 58.9, tras Lombao, 57.4, y Cuervo, 57.5. Cuando llegó a Tolosa, ese año 59, a defender su título nacional, su fortaleza no era la misma de veces precedentes, por lo que quedó ensombrecida su imagen. Aunque participó en los 110 y 400 vallas, en ninguna de las pruebas llegó a la final.

Podio de 400 vallas de los Juegos Universitarios Nacionales de 1959 en Madrid. De izq. a dcha., Cuervo, Lombao y Abalo

La figura de Miguel Abalo tiene un sitio de preferencia cuando menos dentro del deporte coruñés (añadamos que fue cuatro veces campeón gallego en vallas, dos en 110 y otras dos en 400 los años 1955, 56 y 57), donde el apellido Abalo, en este campo del deporte, ya había sonado mucho tiempo atrás. Y es que un primo de su padre, José María Abalo Abad, es pieza capital, un auténtico pionero, en el arranque del fútbol en A Coruña.

En Riazor, el 11 de agosto de 1958, Eugenio Carré Alvarellos hace un relato en primera persona sobre los orígenes del fútbol en la ciudad coruñesa que inicia así: “Era en los comienzos del curso académico de 1901-1902, cuando, en una tarde de invierno ocurriósele a José María Abalo Abad, natural de Villagarcía, que estudiaba en la Escuela de Comercio de La Coruña, mostrarnos un viejo “balón” que olvidado tenía en su baúl. Habíalo traído de Inglaterra, donde pasara una larga temporada interno en un colegio”.

Aquellos estudiantes se fueron familiarizando con el esférico y Eugenio Carré comenta: “Abalo llevó consigo la pelota cuando fue a la “Escuela”, y desde entonces, a diario, en las horas intermedias de clase a clase, corríamos por el campo de la Estrada, pateando el balón”.

También poseía Abalo un reglamento del juego Football Association, que se tradujo; contaba igualmente desde el principio con sus “botas de reglamento”; y el grupo de jóvenes acabó constituyendo el equipo Foot Ball Coronna Club… El 13 de marzo de 1904 se jugó en la plaza de toros un partido de fútbol, con público, contra integrantes de dos barcos mercantes ingleses que reparaban en A Coruña, según publicó El Noroeste.

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