Fecha: 4 de diciembre de 2014 · Autor: Emilio Navaza · Categoría: Personajes

Javier Álvarez Salgado (I)

En tres finales olímpicas

Una de las mejores cosas que le pudieron ocurrir en su vida a Javier Álvarez Salgado (Vigo, 1943) ha sido la de haberse encontrado con el atletismo. Desde entonces se abrió para él un horizonte nuevo de prosperidad. “Procedo de una familia muy humilde que ha tenido que currarse muy duro la vida”, explica. “Por las mañanas ayudaba a mi madre a la distribución ambulante de periódicos y luego me iba a trabajar a una fábrica de conservas. He trabajado desde edad muy temprana”. Tanto Alfonso Posada como Alfonso Ortega, sólidos pilares en el Celta, jugaron un papel fundamental en esta transformación.

Ganando la carrera de debutantes del Gran Premio de Navidad de Vigo en 1961

Pero la mano tendida la encontró en alguna persona más. Como Manuel Roma, encargado en la pequeña fábrica de conservas en la que trabajaba. Era un entusiasta del deporte. Muy celtista. “Los barcos hacían dos mareas diarias. Había que trabajar de día y de noche. El trabajo era duro”, relata. “Cuando tenía que ir a entrenar o a correr me escapaba por una ventana y me estaban esperando con un coche. Luego regresaba otra vez a la fábrica”. Si el jefe preguntaba por él, Manuel Roma, un nombre que, dice Javier, no olvidará nunca, buscaba cualquier excusa para encubrirlo. “Incluso de noche me hacía algún turno para que yo pudiera descansar. Me ha apoyado muchísimo en mi trabajo”.

Y hay que tener en cuenta otro nombre: Julio Millara, cuñado de su entrenador Alfonso Ortega, que tenía una gasolinera en Puxeiros. “Dejé la fábrica porque veía que el atletismo me podía ofrecer muchísimas cosas y me fui a trabajar a la gasolinera”. El panorama cambió radicalmente. “Tenía muchas facilidades para entrenar. Iba por la mañana desde mi casa a la gasolinera corriendo. Allí me duchaba, hacía mi turno de trabajo, no tan amplio como el de un horario normal, y después regresaba o con el jefe o con mi entrenador, que me iba a buscar. Por las tardes hacía un entrenamiento normal”.

Entre sus amigos hubo quien habló del Gran Premio de Navidad, carrera de pedestrismo con larga tradición en Vigo en la que se repartían regalos en abundancia. La ocasión parecía magnífica para llevarse alguno. Y solo se trataba de correr. “Nos entrenábamos de noche en la Gran Vía”, recuerda. La preparación se llevaba a cabo con la ropa de vestir. “Nos remangábamos los pantalones y venga a correr”. Así sucedió durante unos cuantos días. Y llegó el momento de la competición. “A mí me prestaron la camiseta, el pantalón y las zapatillas, que hasta me quedaban pequeñas. No tenía absolutamente nada para correr”. Javier Álvarez Salgado se impuso en la prueba para debutantes. Estaba a punto de cumplir 18 años. Desde entonces, Alfonso Ortega, su único entrenador, moldeó a conciencia aquel joven de clase excepcional. Se convirtió en un atleta maravilloso que anduvo por muchas cumbres. Sin duda la más complicada de escalar, los Juegos Olímpicos, tampoco se le resistió. Estuvo presente en México 1968 y en Múnich 1972.

En 1968, cuando el mes de octubre se celebraron los Juegos Olímpicos de México,  Álvarez Salgado se manejaba muy bien corriendo los 3.000 metros obstáculos, por lo que en la capital azteca se entregó en plenitud a esta prueba.

Salgado (161), al finalizar la semifinal olímpica de 10.000 metros en Múnich 1972

El vigués quedó encuadrado en la primera serie eliminatoria (hubo tres), clasificándose cuatro atletas para la final. Se mantuvo desde el principio con los mejores en una carrera en la que mandó el keniata Kogo, pero supo seguirle cuando éste avivó el ritmo. Ganó Kogo con 8:57.8 y Javier quedó segundo, 9:03.8. Julio Bravo, jefe del equipo español de atletismo esa ocasión, escribió en Atletismo Español: “Álvarez Salgado terminó magníficamente, sin fatiga aparente, aunque luego hubo de descansar unos pocos minutos, tumbado en los vestuarios, pues su recuperación cardiorrespiratoria no era como a nivel del mar, lógicamente”.

No se amilanó cuando comenzó a disputarse la final y no experimentó ningún signo de debilidad traspasado el primer kilómetro, pero cuatrocientos metros después, una vez que el belga Roelants se puso al frente, Javier fue perdiendo energía, relegándose por tanto de la cabeza. “Faltan dos vueltas y nuestro recordman arrastra durante ellas la última posición, pesado, como agobiado por el lastre de unas piernas de plomo”, según Julio Bravo, quien, además, asevera: “Álvarez Salgado terminó la carrera sin exageradas muestras de cansancio, mejor que la mayoría”. Pero añade que “se quejaba, en cambio, de una fuerte pesadez de piernas”. El técnico, y cronista en este caso, atribuye esta fatiga localizada a “una falta de recuperación “total” de lunes a hoy miércoles”. Considera Julio Bravo que la altitud le ganó la partida al atleta, “pese a la concienzuda preparación a que ha estado sometido todo el año y a los 30 días de aclimatación en la capital azteca”.

Álvarez Salgado, pues, finalizó último (undécimo puesto, ya que se había retirado Kudinski) con un registro de 9:24.6. Por debajo de los 9 minutos estuvieron siete atletas. Precisamente el séptimo puesto lo obtuvo Roelants, campeón olímpico en Tokio, 8:59.4. Aquella final la ganó el keniata Biwott, 8:51.0, seguido de su compatriota Kogo, 8:51.6, siendo tercero el norteamericano Young, 8:51.8.

De su primera vivencia olímpica comenta: “El año 68 las aspiraciones del atletismo español eran las de participar en las finales. Con llegar a la final cumplías objetivos. El mayor éxito obtenido fue el famoso récord olímpico que ostentó por unos minutos Ignacio Sola en salto con pértiga. Quiere decir eso que esta cuestión tan anecdótica la presentamos como un gran éxito”.

Tenía prácticamente todo su camino andado en el mundo del atletismo cuando volvió a ser olímpico, al concurrir a los Juegos de Múnich en 1972. Había dejado de ser un especialista de 3.000 metros obstáculos para centrarse en las carreras de 5.000 y 10.000 metros, que fueron las pruebas en la que intervino en la ciudad alemana. Era un atleta muy reconocido.

La lucha por la mayor gloria posible en Múnich la inició corriendo la primera serie de los 10.000 metros. Finalizó en tercera posición, 28:08.6, y la victoria correspondió a Puttemans, 27:53.4. “Corrimos muy bien”, indica. “Planteamos una carrera en equipo tres personas que nos conocíamos estupendamente bien: Puttemans, Bedford, que en aquel entonces era un gran fenómeno mundial, y yo. A los siete kilómetros pegamos un tirón y nos clasificamos”.

La final ya fue otra historia. Quedó en el puesto duodécimo con un tiempo de 28:56.4. Rememora aquella carrera diciendo: “No me encuentro nada bien y ya me dejo ir porque dos días después iba a correr 5.000”. El triunfo se lo llevó Lasse Viren, 27:38.4, nuevo récord mundial y olímpico; segundo fue Emiel Puttemans, 27:39.6, y tercero Merus Yifter, 27:41. En esta final tuvo una soberbia actuación el palentino Mariano Haro, cuarto clasificado en 27:48.2 (27:48.14, récord español).

Javier Álvarez Salgado (161), en la final de 10.000 metros en los Juegos Olímpicos de Múnich 1972 (El Correo Gallego)

En los 5.000 metros también fue finalista. “Correr dos finales olímpicas no es frecuente”, menciona. Se clasificó cuarto en la serie con 13:36.5, y victoria de Puttemans en 13:31.8. Y en la carrera donde se decidían las medallas acabó en décima posición, 13:41.8. El oro, la plata y el bronce se los repartieron Lasse Viren, 13:26.4, récord olímpico; Mohamed Gammoudi, 13:27.4, e Ian Stewart, 13:27.6.

El crítico Pedro Escamilla comentó así esta doble actuación olímpica de Javier Álvarez Salgado en Atletismo Español: “Tanto en cinco como en diez kilómetros fue uno de los grandes atletas nacionales que más han captado la atención de las gentes en toda época. Una pena que su hepatitis del mes de marzo le haya privado (a él de grandes conquistas; a España, de posibles glorias) de mucha mejor actuación general. Javier, el día de la serie de 10.000 estaba calificado para correr en menos de veintiocho minutos. El día de la final, no. Por si fuese poco, sus piernas no aguantaron bien, con ampollas, heridas en los dedos de los pies y otros males molestos. Pero llegar a la final tanto en cinco como en diez kilómetros ha sido una de las grandes hazañas de nuestros atletas olímpicos de 1972. No todos podían decir, ni pueden, lo mismo en países de gran raigambre y prestigio atlético”.

Javier Álvarez Salgado menciona que ha llegado a hablar con su entrenador Alfonso Ortega sobre esta actuación olímpica en Múnich y ambos son de la opinión de haber tenido allí “un error táctico y de planteamiento”. Y añade: “La Federación quería que corriera dos pruebas porque le interesaba, pero a mí solo me interesaba correr una porque no me recuperaba de una prueba para otra. No me vino nada bien”. Cree que debió haber participado únicamente en 5.000 metros, donde piensa que tal vez hubiese tenido un resultado mejor. Pero la insistencia federativa y que a él, según dice, no hace falta que se le pida mucho para convencerlo, accedió sin más a aquellos deseos.

A una competición igualmente sublime como son los Campeonatos de Europa, no podía faltar un atleta de tanta clase. Aunque ganó una de las series de 3.000 metros obstáculos en Budapest 1966, con el décimo puesto en la final, conviene subrayar lo que el vigués hizo sobre todo en la edición de 1971 en Helsinki. Aquí corrió 5.000 metros y acabó quinto, el mismo puesto que obtuvo Mariano Haro en 10.000 metros. Ambos son merecedores de elogiosas y significativas palabras en Atletismo Español: “Por primera vez en la historia de nuestro atletismo, dos atletas españoles han luchado de tú a tú con lo más distinguido de sus especialidades en el mundo por la conquista de la medalla de oro. Es decir, Álvarez Salgado y Haro no han estado como meros comparsas en sus pruebas respectivas, sino que han combatido por la medalla de oro. Que se logre o no el triunfo es factor que se determina en los metros finales; pero tanto Haro como Álvarez Salgado estuvieron en el grupo de combate, en la línea de ataque tan constantemente que ambos rozaron una medalla. Y eso, hay que decirlo pronto, no se había hecho jamás en nuestro atletismo”.

El vigués, a la derecha, en la semifinal de 10 kilómetros en los JJ.OO de 1972

El 12 de agosto de 1971, Álvarez Salgado intervino en la primera serie de 5.000 metros del certamen europeo acabando segundo en 13:44.4, superado por el francés Wadoux, 13:44.2. Y dos días más tarde, en la final, incluso llevó la iniciativa al darse cuenta de que ninguno de sus rivales quería tomar esa responsabilidad. La carrera la acabó ganando el local Juha Vaatainen (también fue el triunfador en los 10.000) en 13:32.6. Álvarez Salgado, quinto, en 13:35.8, fue batido igualmente por Jean Wadoux, Harald Norpoth y Daniel Korica.

“A mí me gustó siempre muchísimo la pista cubierta”, afirma Javier. Y corriendo en ella tuvo un rendimiento óptimo. Participó en los IV Juegos Europeos (última edición) en Belgrado 1969 e intervino un año después en el torneo que abría los Campeonatos de Europa en Viena.

En Belgrado 1969 alcanzó un magnífico segundo lugar en 3.000 metros, superado solo por el inglés Jan Stewart, pero su registro de 7:56.2 fue récord español. “Su medalla de plata es de un valor extraordinario” reflejó De Hoz en Atletismo Español. Jan Stewart acabó en 7:55.4. Y en Viena, en 1970, el vigués se hizo con la medalla de bronce y un nuevo récord nacional, 7:52.6. Había llevado “en gran parte el peso de  la carrera a un ritmo extraordinario” pero se vio superado por Richard Wilde, 7:47.0, y Harol Norpoth, 7:49.6. Recuerda Álvarez Salgado que este último récord de 7:52.6 lo mantuvo en su poder algo así como catorce años. “Ha tenido que batirlo José Luis González. No fue batido por cualquiera. Le he mandado un telegrama y una amable carta y le llamé por teléfono diciéndole que me sentía muy orgulloso de haber sido batido por el más grande de los corredores de medio fondo que ha tenido nuestro país”, manifestó cuando comenzaban los años 90.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *