Fecha: 20 de noviembre de 2014 · Autor: Emilio Navaza · Categoría: Personajes

Roberto Rodríguez-Ozores

Desmedida pasión por el deporte

El deporte lo fue todo en la vida del médico Roberto Rodríguez-Ozores Fernández (Pontevedra, 1919 – Vigo, 2007). Lo practicó insistentemente, hasta sus últimos momentos. Cuando falleció, tres días después de ser atropellado por una moto en un paso de cebra, se encaminaba al Real Club Náutico de Vigo. También ejerció como entrenador y dirigió equipos de fútbol de renombre como Celta y Deportivo. Y supo divulgar de manera brillante distintos aspectos del deporte. En 1958, Atletismo Español iniciaba una sección con participación de los técnicos, abriéndola él con dos trabajos: El peso con “estilo rotatorio” y El atletismo influenciado por la física. Sus textos se vieron con frecuencia en el boletín Atleta, editado en Vigo. Rodríguez-Ozores fue campeón de España de decatlón, con récord nacional, en Sagunto en 1947.

La disputa por el título de decatlón del año 47 se llevó a cabo los días 18 y 19 de octubre. En la primera jornada, el pontevedrés consiguió estos registros: 11.8 en 100 metros, 6,035 en longitud, 10,345 en peso, 1,55 en altura y 57.3 en 400 metros. En las cinco pruebas del segundo día hizo 17.4 en 110 metros vallas, 28,135 en disco, 2,70 en pértiga, 44,51 en jabalina y 4:47.4 en 1.500 metros.

El esfuerzo de Rodríguez-Ozores le valió para sumar 5.105 puntos, seguido del guipuzcoano J.L. Adarraga, 5.055, y el catalán Salom, 4.911. Tras los más destacados quedaron el levantino Marco, cuarto, con 4.816; el catalán Clavero se situó quinto, 4.754; el también catalán Saguier obtuvo el sexto puesto con 4.494, séptimo fue el catalán Navarro, 4.206; octavo quedó el levantino Roure, 4.204; y los puestos noveno y décimo fueron para los catalanes Vallet y Portolés con 4.185 y 4.154 respectivamente.

Roberto Rodríguez-Ozores, a la izquierda, con el infatigable Alfonso Posada

Se consideró que había sido un acierto que únicamente se hubiera permitido la participación en el Campeonato de España a aquellos atletas que habían sumado previamente 4.000 puntos, dándole así mayor categoría a la competición. Y en el boletín federativo catalán de noviembre de 1947 se explicaba que después de “varios años de ausencia” había concurrido “el discutido atleta gallego Roberto Rodríguez”. Hacía ver que con su puntuación, aunque no le valía para superar el récord español del tolosano Andrés Iguarán, “le permite concebir serias esperanzas si se prepara de manera adecuada, pues condiciones para ello no le faltan”.

Sin embargo, Alfonso Posada, estudioso del atletismo gallego y nacional, se explica así con respecto a su récord español: “Consta oficialmente en el historial como válido su récord de 5.105 en Sagunto en 1947, por la Tabla Finlandesa de 1934, al proclamarse campeón. Sus 5.793 puntos de 1939 fueron valorados por la Tabla Antigua, que subía mucho las puntuaciones, sin constar oficialmente en ningún historial”.

Era un muchacho cuando se hizo ver en las dependencias del gimnasio de la Sociedad Gimnástica de Pontevedra. “Allí le envió su padre para tratar de evitar los numerosos gastos medicinales que la salud endeble de Roberto le originaba”, según consta en el referido boletín de la Federación Catalana de mayo de 1951. Y contaba solamente 16 años cuando, en la instalación de Berazubi, el 24 de agosto de 1935, quedó subcampeón de España absoluto de salto de altura (1,70)  después de mantener una endiablada pugna con el valenciano Lacomba.

La Guerra Civil (1936-39) truncó inevitablemente las magníficas posibilidades que venía mostrando el joven Rodríguez-Ozores, aunque, superada la contienda, volvió a  la arena haciendo notar sus indiscutibles cualidades. Sin embargo, muchas de sus marcas, fantásticas para la época, quedaron en entredicho al no ser refrendadas en escenarios que se consideraban entonces los adecuados.

Existe un trabajo de José Corominas, de diciembre de 1946, en el que el pontevedrés sale malparado y, por extensión, el atletismo gallego. El trabajo se refiere a la relación de récords de la región en el que habla de algunas marcas “californianas”, a las que, por supuesto, no da crédito: “Al lado de resultados de veracidad indiscutible obtenidos en Madrid, Barcelona o Tolosa, incluso en Pasarón, hogar de la benemérita Sociedad Gimnástica de Pontevedra, vemos unas marcas al haber del famoso Roberto Rodríguez, logradas en Santiago”. Estas marcas a las que se refiere Corominas datan de 1940 y desde luego son de un valor considerable: 16.0 en 110 vallas, 1,81 en altura, 3,33 en pértiga y 54,13 en jabalina; y también, pero sin especificar el año, 7,03 en longitud y 13,89 en triple. No se anda con rodeos Corominas y pretende “prevenir” a los lectores sobre estos registros. “Roberto”, escribe,” famoso en los anales del atletismo español a raíz del magistral “bluff” de 1941, antes de los Campeonatos de España, que aceptamos todos como unos incautos, se asoma una vez al año –aproximadamente- a la lista de grandes marcas españolas, preferentemente en las pruebas combinadas de pentathlon y decathlon. Luego se esfuma y hasta el otro año”.

En su dura crítica, Corominas opta por aconsejar a Rodríguez-Ozores de cómo debería de actuar. Tendría, según él, que presentarse a los Campeonatos de España absolutos o de decatlón para “darnos aquellos resultados que su clase, su preparación y su afición pueden hacerle conseguir”. Pero cree Corominas que, aún así, lo más seguro es que los registros del pontevedrés “no serán tan sorprendentes” como los que figuran en la tabla de récords de Galicia, aunque, asevera, serán “totalmente veraces y ayudarían a restablecer la confianza sobre el atletismo gallego, tan valioso y tan mal orientado”.

Participando en los Campeonatos de Galicia de 1951 en Riazor. La foto está dedicada por Rodríguez-Ozores a un enorme fan: Alfonso Posada

Después de su triunfo en 1947, Rodríguez-Ozores defendió su título nacional de decatlón en el torneo que tuvo lugar en el estadio de Riazor, el 9 y 10 de octubre de 1948. En el recinto coruñés, mientras el triunfo recaía en el guipuzcoano Adarraga con 5.641 puntos, el pontevedrés acabó tercero con 5.173 puntos. Consiguió, en la primera jornada, 11.6 en 100 metros, 6,04 en longitud, 9,96 en peso y 1,60 en altura (se desconoce su tiempo en 400 metros). Y el segundo día realizó 17.2 en 110 vallas, 27,47 en disco, 2,70 en pértiga, 41,52 en jabalina y 4:46.4 en 1.500 metros.

Por mucho que se hubieran podido poner en duda ciertas marcas de algún concreto momento de Rodríguez-Ozores, es indudable que tenía condiciones sobradas para figurar entre quienes constituían la elite. Por ejemplo, en 1948 era la sexta mejor marca de la temporada en jabalina (47,65), una disciplina en la que se mostraba dominador con holgura el renombrado Apellániz (63,62). Pero en triple salto, el pontevedrés lucía brillante al frente de todos los rivales con unos muy buenos 13,77 metros, lo que “obligaba” al reconocido crítico Corominas a referirse a él de este modo: “En triple, muy agradable resulta poder destacar el resultado del gallego Roberto Rodríguez, otrora tan discutido”.

Apoyándonos precisamente en estas tres palabras finales de Corominas, “otrora tan discutido”, conviene resaltar también un texto de 1953 (no de Corominas) donde se da cuenta de los mejores atletas nacionales de todos los tiempos lanzando el dardo y en el que no se desprecia la marca de 54,13 metros de Roberto Rodríguez-Ozores de 1940, realizada en concreto el 12 de abril con motivo de los campeonatos universitarios del Distrito de Santiago. El cronista refrenda este registro de 54,13 “que estimamos convincente por haberle visto lanzar, varias veces, la jabalina a 53 metros y pico en entrenamientos”. En esta relación de los mejores de siempre con la jabalina, Rodríguez-Ozores figura tercero, teniendo delante a Luis Agosti con 54,45 de 1936 y a Pedro Apellániz con 63,62 de 1948.

En un trabajo realizado por los estadísticos Gerardo García y José Luis Hernández, Roberto Rodríguez-Ozores dominó el decatlón nacional, estableciendo la puntuación por la tabla de 1934, durante cuatro años: en 1939 con 5.793 puntos (récord no homologado), en 1942 con 5.322, en 1945 con 5.135 y en 1947 con 5.105.

De asombroso conviene calificar el paso del pontevedrés por los Campeonatos de Galicia. Tal vez no haya un caso como el suyo. Posee poco más de 30 títulos a lo largo de su dilatada trayectoria integrando los equipos de la Gimnástica y el Teucro de Pontevedra, el Celta y el Alerta de Vigo y también como atleta independiente. Su condición de decatleta le permitía participar eficazmente en diversas pruebas. El año 1946 consiguió seis títulos y en 1947 cinco.

Hombre tan entregado al deporte y a la enseñanza del mismo, estuvo implicado en el fútbol a un primer nivel. En la temporada 1951-52 entrenó con Yayo al Celta en Primera División, después de que se produjera la dimisión de Pasarín. Él y Yayo fueron capaces de recuperar el equipo y dejarlo en la categoría. Rodríguez-Ozores, además, fue el preparador físico del conjunto vigués varios años.

Cuando el Deportivo estaba celebrando sus Bodas de Oro, con el conjunto en  Segunda División, quien inició la campaña como entrenador fue Rodríguez-Ozores, aunque se mantuvo en el puesto poco tiempo puesto que, a partir del mes de enero, fue Iturraspe el que pasó a dirigirlo.

El Pontevedra fue otro de los equipos punteros de Galicia que pusieron en las manos de este hombre tan entregado al deporte para que lo preparara.

A raíz de su fallecimiento en 2007, el que fue vicepresidente del Real Club Náutico de Vigo, el profesor Celso X. López-Pazos,  lo recordó de manera entrañable, en Faro de Vigo, desde aquellos inicios suyos en la natación cuando todavía no tenía diez años. “Con Ozores como entrenador”, explica López-Pazos, “pasé mis mejores años de infancia y adolescencia como nadador del Real Club Náutico, acudí a Campeonatos gallegos y de España y a su lado labré mis íntimas amistades”.

Componentes del Real Club Celta en 1950. Rodríguez-Ozores es el segundo por la izquierda, de pie; a su lado, vestido de calle, Alfonso Posada. De cuclillas, en el centro, Alfonso Ortega, que desarrollaría una dilatada carrera como entrenador

“Fueron muchos años de convivencia y de constante magisterio en los que Roberto nos asombraba a todos por su sabiduría sobre el mundo del deporte y de la medicina deportiva”, añade López-Pazos. “Aplicando el rigor científico e innovador como pocos, Roberto nos explicaba los efectos que producían las turbulencias del agua, de idear entrenamientos singularizados en base a las características de cada uno de nosotros, de pautarnos –cuando de aquella nadie osaba hacerlo- los esfuerzos a realizar o los períodos de reposo en función del ritmo cardíaco y, sobre todo, de huir de los sistemas de entrenamiento a los que eran tan aficionados la mayoría de sus colegas de la época, que copiaban (tal cual) los métodos que Jim “Doc” Counsilman aplicaba a sus nadadores de la Universidad de Indiana”.

Y López-Pazos continúa aportando aspectos interesantes sobre la figura de Rodríguez-Ozores. “Quien se acercase”, agrega, “a la piscina cubierta del Náutico (que gracias a sus gestiones personales con Elola Olaso y Juan Antonio Samaranch se pudo construir a mediados de 1967) podía observar su figura fibrosa, pero musculada, de forma perfecta, saltando a la cuerda como un consumado boxeador, permaneciendo minutos y minutos haciendo el “pino” abriendo y cerrando las piernas, dando pasos de claqué como si fuese Fred Astaire (“para agilizar los tobillos”, decía) o haciendo decenas y decenas de flexiones como si de un Rocki Balboa se tratase”.

Pero dice más López-Pazos. “Siempre contaba con nostalgia como fuera seleccionado con dieciocho años para participar en la famosa “Olimpiada Roja” que, como alternativa a la que Hitler iba a presidir en Berlín, se organizara en Barcelona en julio de 1936 y que el estallido de la guerra impidió que llegase a realizarse”.

Conocedor preciso de la personalidad de quien ha sido un deportista integral, López-Pazos concluye: “Roberto Ozores era un atleta las veinticuatro horas del día, alguien que aprovechaba todo lo que tenía a mano para hacer deporte, que iba, ya septuagenario, corriendo desde el Náutico a su casa de As Travesas, que seguía haciendo bicicleta estática hasta días antes de su fallecimiento y que leía, coleccionaba, analizaba y hacía notas sobre todo lo que se publicaba sobre el deporte, sobre cualquier deporte”.

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