Fecha: 13 de marzo de 2014 · Autor: Emilio Navaza · Categoría: Personajes

Alfonso Ortega

Algo más que el entrenador del Celta

Aunque para sus discípulos ha tenido todo el cariño imaginable, no es menos cierto que Alfonso Ortega ha sentido por Javier Álvarez Salgado y Julia Vaquero un afecto especial, como a otro nivel. En absoluto es descabellado decir que tuvo con ellos la misma cercanía que se tiene con un hijo. A Javier lo sacó en su momento de la fábrica de pescado en la que trabajaba para emplearlo en la gasolinera de su cuñado Julio Míllara y que así pudiese tener una dedicación más intensa al atletismo. Y subraya sin ambages: “Hemos tenido un matrimonio atlético fenomenal, como no he tenido con nadie más”. En cuanto a Julia, el hecho de ser mujer le condicionó para bien porque vino a ser como la hija que quiso tener y no tuvo (Ortega solo tiene hijos varones). Javier Álvarez Salgado y Julia Vaquero, a los que hay que añadir a Carlos Pérez, son los atletas de cuantos entrenó que más despuntaron; los tres fueron olímpicos.

Alfonso Ortega nació el 3 de agosto de 1930 en Ribadavia porque de esta localidad era su madre y allí quiso dar a luz a su primer hijo, pero a los siete días estaba la familia en Vigo, donde ya vivían. Estudió en los Salesianos y después hizo la carrera de Comercio. En 1951 ganó una oposición a Campsa y fue destinado a Alicante. Una vez realizado el servicio militar en A Coruña se reintegró a su puesto laboral en la ciudad alicantina, aunque por poco tiempo. Y es que sus dos hermanos, que también habían opositado a Campsa, obtuvieron plaza en Barcelona, por lo que su padre le encomendó la labor de cuidarlos, de ahí que pidiese el traslado a la Ciudad Condal (después estuvo trabajando en Vigo, Asturias, A Coruña y Lugo).

A pesar de que una vez un médico le diagnosticó “como una dilatación mitral”, algo que le invalidaba para hacer deporte según el galeno, Alfonso jugó al hockey hierba en el Club de Campo de Vigo y en 1948 se inició en el atletismo como velocista en el Celta, dirigido por Luis Miró, aunque su experiencia como atleta fue más bien corta. Pero estando en Barcelona, donde llegó a jugar de portero en el Hospitalet de hockey patines (en A Coruña, haciendo la mili, estuvo integrado en el Santa Lucía, y de regreso a Vigo todavía jugó en el Silva), un compañero de trabajo le animó a que hiciese un curso de juez de atletismo. Tras controlar pruebas en pueblos de Cataluña, “mi primera actuación un poco seria”, dice, “fueron los Juegos Mediterráneos del 55 en Barcelona, que es donde fui responsable de lanzamientos”.

Alfonso Ortega, izquierda, con Julia Vaquero y Sabino Padilla en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996

Se hizo entrenador de atletismo en Vigo, comenzando con esta labor en 1960, por lo que tuvo que renunciar a ejercer de juez en las pistas. El polifacético Alfonso Posada, hombre de importancia capital en el Celta, que también entrenaba, le cedió la mayoría de sus atletas, de tal modo que durante unos cuantos años fue Ortega quien estuvo dirigiendo a los célticos de cualquier especialidad. Pero una vez que sobre el escenario ya hubo otros técnicos, optó por el repliegue, quedándose únicamente con aquellos atletas que se dedicaban a distancias superiores a los 800 metros.

En Castrelos, en el lugar donde ha forjado a sus corredores, apareció un día Javier Álvarez Salgado de la mano de Alfonso Posada y el hermano de Carlos Pérez, Bernardo. Lo habían visto correr por la calle, donde se ejercitaba por su cuenta para participar en el Gran Premio de Navidad. Le dijeron que sería mejor que se pusiera en  manos de un entrenador. Y allí estaban. “Venía fumando”, recuerda Ortega. “Para ser atleta no se puede fumar”, le indicó sin contemplaciones. “Rápidamente tiró el cigarro”. En aquel instante se inició entre ellos una amistad duradera, sólida. “No ha tenido otro entrenador. Para mí ha sido como un hijo”.

Álvarez Salgado acabó siendo un atleta espléndido, espectacular. “La pena es que se retiró prematuramente”, señala Alfonso, quien indica además que tuvo mala suerte cuando alcanzó la cima, la de los Juegos Olímpicos. Participó en los de México 1968, “donde estaba impresionante”, pero al igual que otros se vio afectado por la altitud, y cuatro años después acudió a los de Munich, resintiéndose su empuje debido a una hepatitis que había padecido. Pero el entrenador, queriendo certificar su clase enorme, echa mano de lo que de él decía la prensa extranjera, el mismísimo L´Equipe, quien citaba al vigués “como algo fuera de serie”.  Y Ortega lo tiene clarísimo: “Para mí fue el mejor atleta con diferencia que he tenido”.

Julia Vaquero, la mujer de A Guarda nacida circunstancialmente en Chamonix (Francia), acaparó con solvencia durante años el primer plano del atletismo femenino español. Dejó constancia de su talento en cualquier terreno. Sin embargo, cuando llegaron los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992, se vio incapaz de realizar la marca mínima que se exigía para competir en los 3.000 metros. Se quedó a menos de un segundo. Los desesperados intentos por conseguirla resultaron vanos. “Fue un golpe del que tardó en reponerse. Y yo. Porque, efectivamente, vimos que estaba para poder ir”.

Ortega, flanqueado por Álvarez Salgado, izquierda, y Carlos Pérez en Vigo

Tras los consabidos cuatro años de espera, a Julia Vaquero le llegó la oportunidad olímpica en Atlanta. Afrontó los 10.000 metros con la bravura que la caracterizaba. Peleó en cabeza buena parte de la prueba, por lo que sus fuerzas se debilitaron. Acabó en novena posición en 31:27.07. La triunfadora, con récord olímpico, fue la portuguesa Fernanda Ribeiro, en 31:01.63.

“Yo me he echado mucha culpa de esta carrera. Julia pudo haber conseguido ahí un gran puesto”, afirma Ortega. Cierto es que la atleta se manejó según lo establecido, pero llegó un momento en que “le dio como un flato y lo lógico es que bajara el ritmo y se dejara absorber por otra para descansar un poquito”. Pero Julia aún así prosiguió en su empeño de no dejar la cabeza.

Después del desenlace de estos 10 kilómetros olímpicos, lo que se propagó fue que los entrenadores de Fernanda Ribeiro y Julia Vaquero habían establecido un pacto por el cual ambas atletas se relevarían en cabeza, algo que no sucedió. Aquel episodio lo explica sin problema Ortega: “No hubo un compromiso serio, ni una cosa formal ni nada, simplemente un comentario. Además en una prueba de esta categoría cada uno va a hacer un poco la carrera que considere oportuno para el mejor resultado. Fernanda acertó y Julia y yo no”.

A Carlos Pérez, el tercer pilar en que sustenta su eficaz  trabajo  Ortega, lo comenzó a preparar en su última época de atleta, una vez que lo habían entrenado Miró y después Posada. “Siempre fue un atleta muy bueno, de los mejores de España. Es un hombre muy competitivo”. Incluso se había retirado y volvió a la actividad porque quiso intervenir en el homenaje que se le tributaba. También en este sentido lo tiene claro Ortega: “Para mí los mejores éxitos los consiguió en esta última época”.

Alfonso Ortega y Carlos Pérez mantuvieron su unión en el tiempo en que se celebraron los Juegos de México y los de Munich, cuando el atleta participaba en maratón. Cuenta el técnico que en 1968 “tuvo la mala suerte de tener ampollas, eso le traicionó” y que en 1972 “nadie daba nada por él”. Se pensaba en Agustín Fernández y en Mariano Haro como más eficaces. Explica que se hizo una prueba de selección en Manchester y allí Carlos Pérez dejó atrás a sus rivales españoles. “Mariano Haro abandonó. Carlos Pérez fue el culpable, por decirlo así entre comillas, de que Mariano Haro no hiciese la maratón de Munich. Renunció y se dedicó al 10.000 ¿Por qué? Porque vio que Carlos Pérez le había dado un repaso”. Y de la propia competición olímpica del vigués argumenta que “tuvo un problema fisiológico que no fue capaz de superar”. Alcanzó la meta en el quincuagésimo lugar, “cuando estaba capacitado para hacer un puesto muy bueno”.

Al ir sumando fondistas de primer nivel, el Celta vivió una época de dominio casi absoluto. Lo curioso es que a algunos de aquellos destacados atletas se les dio cobijo en la gasolinera que poseía Julio Míllara, cuñado de Alfonso, en Puxeiros. Por allí pasaron el chileno Edmundo Warnke, Álvarez Salgado, Ramón Tasende, Sánchez Ferreira… Julio Míllara fue dirigente del Celta de atletismo y también del equipo de fútbol. Solía llevar en su coche a los atletas que debían competir en cross, cuando no lo podía hacer Ortega por cuestión de trabajo. “Mi cuñado siempre me apoyó. Apoyó a los atletas. Tampoco tenían un contrato fijo, pero por lo menos tenían para pagarse un poco la manutención y el alojamiento los que estaban viviendo de alquiler”. Era, en definitiva, una magnífica solución hasta que encontraban otras salidas.

Atletas del Real Club Celta con el entrenador Alfonso Ortega, primero por la derecha, de pie, y Alfonso Posada, a la izquierda

De “satisfacción inmensa” califica su estancia en el equipo New Balance en los años 90, donde tuvo el apoyo incondicional de la gerente y propietaria Anna Seheigden. “Yo lo que quería es que los atletas gallegos no ficharan por otra comunidad y que lo que les pagaran en otro sitio lo tuvieran aquí. Anna eso lo consiguió”. El New Balance congregó atletas de la talla de Alejandro Gómez, Carlos de la Torre, José Carlos Adán, Julia Vaquero, Estela Estévez… Y los éxitos del conjunto fueron elocuentes tanto a nivel nacional como europeo.

Alfonso Ortega, que también preparó físicamente al equipo de fútbol del Celta dos temporadas, 1967-68 y 1968-69, ascendiendo a Primera División, tuvo diversos cometidos atléticos a nivel nacional (responsable de maratón, de cross y de fondo), habiendo sido entrenador oficial de la Federación Española en distintos Juegos Olímpicos.

Cumplidos los 80 años mostró su satisfacción por el medio siglo que llevaba de entrenador con estas palabras: “Por este deporte y para dedicarme de lleno a él, me jubilé antes de los 60 años. Estoy orgulloso de mi labor”.