Fecha: 9 de junio de 2016 · Autor: Emilio Navaza · Categoría: Personajes

María José Martínez Patiño (II)

Duro momento en Kobe

El curso no pudo empezar mejor para María José Martínez Patiño (la llaman Pati) en 1985. Arrolladora estuvo el mes de febrero en Madrid en los Campeonatos de España bajo techo, al imponerse en los 60 metros vallas con 8.45, lo que la encumbraba como plusmarquista nacional. Tras ella quedaron I. Martín, 8.57; A Barrenechea, 8.72; A.I. Guerra, 8.93; N. Etxegibel, 8.97; y P. Pinzolas, 9.01. Y Atletismo Español, en plan notario del acontecimiento,  significó las “excelentes marcas de María José Martínez Patiño y de Isabel Martín en las series previas”, también que se “pronosticaba el récord”, relatando que “Pati afrontó la final con mucha responsabilidad y con la ambición de lograr el primer récord de su vida deportiva”. Y sigue diciendo: “Salida muy fuerte, mucha decisión sobre las vallas y 8.45 para la gallega, que mejoraba así los 8.47 establecidos por Meri Martínez el 1 de febrero de 1981, en Vittel”.

El paso de los meses no encogió el ánimo de María José, de tal manera que su estado de forma siguió siendo magnífico cuando, en Gijón, en los primeros días de agosto, quedó subcampeona nacional de 100 vallas, después de haber ganado una serie (14.33) y también una semifinal (13.79). En la carrera decisiva no pudo con Martínez Guerrero, quien hizo 13.68, y la viguesa 13.71; la tercera plaza se la adjudicó Isabel Martín con 13.98. La vallista triunfadora había ganado igualmente en longitud con 6,18 metros, y Ángel Cruz habló de su victoria un tanto sorprendente en los obstáculos porque, dijo, “su homónima Martínez Patiño le había vencido siempre este año. Meri salió mejor y nunca se vio inquietada”; su marca, curiosamente, fue la misma que había hecho Pati el año anterior para vencer.

María José Martínez Patiño tuvo el récord de España de 60 metros vallas (El Correo Gallego)

Hasta Kobe (Japón) se desplazó María José para intervenir en la Universiada, sin saber naturalmente que allí empezaría a vivir lo que acabó siendo para ella un drama. El 31 de agosto de 1985, previo a la competición, se le hizo un control cromosómico detectándose una alteración. “Presenta cromosomas tipo xy, propios del sexo masculino”, informaba el doctor nipón Jun-Ichi Furuyama (Universidad de Hyogd)”, según cuenta Alejandro Delmás en As. Como consecuencia de ello, María José no tomó parte en el torneo y se buscó una excusa.  Atletismo Español, haciendo balance de la actuación española en Kobe, dice al respecto: “A María José Martínez Patiño una lesión le impidió saltar a la pista”. La viguesa, recordando esta circunstancia allí en la ciudad nipona, donde se le indicó que fingiera una lesión ante la imposibilidad de poder correr, comentaría años después: “Los peores momentos que yo he pasado creo que fueron allí. Fue muy duro”.

De regreso en España, se le repitieron las pruebas en la Fundación Jiménez Díaz con idéntico resultado a los de Japón. “En el núcleo celular de la atleta no aparecía la cromatina de Barr, primer indicio de que no hay existencia de cromosomas característicos de la mujer”, explicó en As el citado Delmás, quien asimismo añadió: “Eufemiano Fuentes, médico entonces de la RFEA y especialista en ginecología, informó: “Se trata de una alteración cromosómica presente en uno de los 23 pares de cromosomas que normalmente posee la especie humana. Es de carácter congénito: no ha adquirido la anomalía en el transcurso de su vida, sino que existía ya en el momento de nacer”’.

Lo que en principio se mantenía en secreto se filtró a los medios y la repercusión de la noticia causó cierto morbo. En la calle, la gente pudo empezar a dudar de su condición de mujer. “Si, si. Justamente”, comentó la interesada en los 90. “Se pone en duda porque la gente no sabe de cromosomas. El género masculino y femenino no se pueden cuantificar porque tú tengas una rotura o una alteración de un cromosoma”.  Pero esta situación le trastocó la existencia. Dejó de tener presencia  en el atletismo. Fue como si nunca se hubiera presentado en un estadio. Se quedó sin sus marcas… “Lo que me planteé fue luchar para volver a competir”, afirma. “Estuve dieciocho meses parada”. La Federación Española (RFEA)  le quitó la beca y no le quedó más remedio que irse de la Residencia Blume. “Tuve que cambiar completamente de modo de vida. Me puse a trabajar en un gimnasio, luego en una empresa de informática. ..”

De izquierda a derecha, María José Martínez Patiño, Ana Barrenechea y María José Mardomingo (El Correo Gallego)

Aquellos momentos fueron muy complicados.  “La única persona que creía que tenía razón era yo”, señala, aunque a su lado, comprendiéndola, estuvo Covadonga Mateos, la canaria campeona de salto de altura. “Me ha ayudado muchísimo. Es una hermana para mí”. Y María José relata que Covadonga le sacaba bocadillos de la Blume para que pudiese comer, también le prestó dinero, iba a su casa a dormir… “Ha sido el apoyo moral”. La viguesa, sin embargo, no llevaba bien lo de estar en entredicho, de que pudiese ser cuestionada. “Tenía que ocultarme con unas gafas de sol”. Y hubo, claro está, momentos de flaqueza. “Creí que lo mejor era morirse. Que no valía la pena continuar”.

Pero por muy tortuosos momentos que estuviera pasando, nunca dejó de buscar el rayo de luz a su problema.  “Me planteé”, afirma, “que los controles de feminidad tal como estaban concebidos por el Comité Olímpico y la Federación Internacional, no es que no estuvieran bien hechos, es que les faltaba rigor científico. No habían evolucionado. Eran unos controles que se habían establecido en el año 64, Olimpíada de Tokio, y lo que había es que poner los adelantos técnicos y científicos al servicio del deporte”.  Tenía perfectamente claro cuál era la raíz del problema. “No se puede descartar a una persona porque una pequeña parte del gran universo que es el cuerpo tenga una alteración o se crea que tiene una alteración. No se puede cuantificar a una persona solamente por un detalle, hay que valorar más datos”.

La documentación que acumuló se la entregó a José María Odriozola, entonces vicepresidente de la RFEA y catedrático de Bioquímica, para que la presentara en la Comisión Médica de la Federación Internacional (IAAF). A decir del periodista Delmás,  Odriozola ya indicaba por entonces en un informe que esta anomalía de la atleta no le concedía la menor ventaja para la competición. Por otra parte, María José se encontró con el incondicional apoyo del sueco Arne Ljungqvist, presidente de la Comisión Médica de la IAAF y miembro del Comité Olímpico Internacional (COI), de quien dice, “me ha ayudado muchísimo”, y de quien recibió un día una esperanzadora misiva manifestándole su satisfacción por los datos que le había aportado y le señalaba el camino a seguir para lograr cuanto antes su recalificación. La alegría de María José fue inenarrable.

Se celebraban los Juegos Olímpicos de Seúl 1988 cuando su caso quedó resuelto. La Comisión Médica de la IAAF rehabilitaba a María José Martínez Patiño para la competición. Tan pronto lo supo, en septiembre, recuerda que se puso a llorar. “Creo que fue uno de los momentos más gratos de mi vida”, apunta. Posteriormente se lo corroboró la RFEA, a quien un juzgado de Madrid había condenado a indemnizar a la atleta con veinte millones de pesetas “por masiva difusión de información ilegítima”, según As, en el instante en que el asunto que la carcomía estaba en plena efervescencia; María José retiró la demanda antes de volver a la competición.

La viguesa en la sede del Comité Olímpico Internacional

Cierto que la temporada atlética ya declinaba en 1988 cuando le dieron luz verde para volver a las pistas, pero no quiso someterse de inmediato a los ojos de todos. Había sido mucha la presión sufrida. Por eso decidió, teniendo en cuenta que su amiga del alma Covadonga Mateos estaba estudiando en Estados Unidos, marcharse a Texas. Allí se entrenó y afirma que fue el 11 de enero de 1989 cuando se reencontró con su deporte en una prueba de 55 metros vallas en Dallas. De inmediato regresaría a España y sería en Oviedo, el día 21 del mismo mes de enero, en una prueba en pista cubierta, donde se le volvió a ver en acción después de una larga ausencia de cerca de tres años.

La expectación era máxima. Todos los ojos estaban puestos en su figura. Ganó la segunda semifinal de 60 metros vallas con 8.85. “Fue impresionante. Toda la gente volcada, prensa, televisión…”, recuerda. La triunfadora de la primera semifinal había sido Ana Barrenechea con un tiempo de 8.54 y se presumía como gran favorita para la final, como así fue, en la que invirtió 8.59; María José no terminó la carrera. “En la final”, dice, “me caí en la segunda valla porque no pude controlar la tensión que tenía. Tuve una hipoglucemia”.

Su satisfacción era inmensa. Le desbordaba. “Hay fotos”, comenta, “donde se puede traslucir la felicidad al ver los ojos que tenía cuando acabo de correr. En ese momento y no antes estaba habilitada a todos los efectos ante la opinión pública. En ese momento se reconoció que la Federación Española se había equivocado, que no había sido honesto lo que habían hecho conmigo y que no se puede tratar a un deportista de la manera que lo hicieron”.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *