Fecha: 8 de enero de 2015 · Autor: Emilio Navaza · Categoría: Personajes

Carlos Pérez (I)

Budapest pudo ser una fiesta

En 1966, a punto estuvo Carlos Pérez (Vigo, 1935) de provocar una inenarrable felicidad cuando acarició la medalla de maratón en los Campeonatos de Europa de Budapest. Acabó cuarto. Piénsese que el atletismo español todavía entonces no había pisado el podio en las grandes competiciones. La primera presea en unos Campeonatos de Europa la obtuvo Jordi Llopart en 1978 y otro tanto sucedió en los Juegos Olímpicos, cuando este mismo atleta la conquistó en 1980. Estábamos, por tanto, huérfanos de triunfos de indudable relevancia.

Carlos Pérez, al terminar el maratón de los Campeonatos de Europa de Budapest 1966 (Atletismo Español)

Juan Manuel de Hoz revive en Atletismo Español la emoción que sentía en el estadio cuando se iba reflejando en el tablero electrónico incidencias del maratón y el nombre de Carlos Pérez aparecía continuamente con los mejores. Y en el kilómetro 35 era el tercero. Y a dos kilómetros y medio de la meta continuaba en esa posición, aunque De Hoz alertaba del peligro que tenía el cuarto hombre, el belga Van den Driessche, al disponer de “un final muy rápido”. “Efectivamente, un kilómetro antes de la meta pasó a Pérez y al húngaro Gyula”.

El propio Carlos Pérez dice de aquel momento cumbre de la carrera que pudo revolucionarlo todo: “A la entrada del estadio perdí el tercer puesto”. En instante crucial cuando tenía la línea de llegada ante sus ojos se vio aventajado por el húngaro Gyula Toth. “En el último kilómetro el público lo llevó para delante. No me explico”.

Alfonso Posada también se encontraba en Budapest y en la web del Celta ha recordado el almuerzo con Rafael Cavero, presidente de la Federación Española, con Juan Manuel de Hoz, seleccionador, y con el entrenador Alfonso Ortega. Se vislumbraba un gran éxito si Carlos Pérez no desfallecía. Y cuenta Posada que Cavero les dijo que si Carlos Pérez conseguía una medalla le daría 25.000 pesetas, pero que nadie debía saberlo porque en ese caso lo descalificarían. Y De Hoz, por su parte, fue así de contundente: “Y yo me tiro a la pista para abrazarlo, aunque me expulsen”.

Además Juan Manuel de Hoz siguió contando en Atletismo Español: “Lo curioso es que al terminar el maratón, Carlitos, en vez de parecer que había corrido 42 kilómetros, parecía que se había dado dos vueltas a la pista. El hombre, lleno de entusiasmo y desbordante de alegría, no hacía nada más que hablar con todo el mundo”. Lo que pretendía es que le tomasen el pulso. “Decía que estaba muy convencido de que apenas lo tenía alterado”.

De los 36 atletas que habían tomado la salida del maratón (se clasificaron 26) el mejor fue el británico Hogan, 2h20:40.6; segundo quedó el belga Van den Driessche, 2h21:43.6; tercero fue el húngaro Toth, 2h22:02.0, y cuarto Carlos Pérez, 2h22:23.8.

El etíope Mamo Wolde y Carlos Pérez, en el II Maratón de Zarauz de 1967

Aquel año de 1966 fue en el que el vigués logró su primer título nacional de maratón (tendría cinco al término de su carrera), ya había sido más de una vez campeón de España de cross y en pista e incluso había hecho ya su primera aparición en los Juegos Olímpicos. Acudió a los de Roma en 1960, pero para intervenir en los 10.000 metros. Sin abandonar otras disciplinas, el maratón empezó a ser para él, a mediados de los años 60, la prueba en la que acrecentó su figura. Porque como maratoniano estuvo en las citas olímpicas de México 1968 y Múnich 1972.

Lo curioso es que Carlos Pérez tuvo un acercamiento muy peculiar al maratón ya en 1960. Hay que considerarlo como algo posiblemente anecdótico, pero está ahí en su brillante currículo, repleto de títulos, con algún récord incluido y una cifra de 47 internacionalidades. En Santiago de Chile se celebraron los primeros Juegos Atléticos Iberoamericanos, en los cuales él y José Molins tuvieron un gesto admirable. El vigués había logrado la medalla de bronce y el catalán la de plata en los 10.000 metros y ambos se brindaron para afrontar la carrera de maratón. Como en el equipo español no figuraba el especialista Navarro, se esfumaba así toda posibilidad de conseguir la victoria colectiva. Y se consideró que de los dos atletas era Carlos Pérez el más idóneo para la aventura. Y aunque no corrió mal, antes de alcanzarse los 37 kilómetros optó por el abandono aquejado de calambres.

Pedro Escamilla escribió sobre la actuación del vigués: “Su carrera de 10.000 metros fue muy buena, buenísima. Luchó tesoneramente contra Suárez…” Y habrá que subrayar lo que sigue: “Después, su sacrificio para correr el maratón, sublime. Hay que tomar nota de estos detalles, que son los que ennoblecen. Justifiquemos que también Molins la quiso correr, pero fue disuadido de ello. Lástima que su esfuerzo y sacrificio fueran baldíos; pero el gesto quedó ahí en las carreras de Santiago de Chile”.

Su segunda intervención olímpica fue en México en 1968, corriendo el maratón el 20 de octubre. La salida se produjo a  las tres de la tarde de un día bochornoso. Se llegó a decir que, en algunos trozos del pavimento, “ardía el suelo”. Carlos se mantenía firme entre los veinte primeros y pasó por el kilómetro vigésimo en 1h07:46 (puesto 19). Alfonso Ortega, su entrenador, seguía la carrera en el autocar destinado por la organización a los técnicos y contó que, por el kilómetro 25, Carlos iba bien “aunque algo sofocado por el calor”. Ése fue el último control que pudo realizar de su pupilo. “A partir de aquí”, según cuenta Julio Bravo, jefe del equipo de atletismo en aquellos Juegos, “los embotellamientos de tráfico en la enorme avenida de Insurgentes impiden, pese a los esfuerzos inauditos de la policía de tráfico, que el autocar de los entrenadores siga la carrera de cerca, llegando retrasados a los controles del kilómetro 30 y siguientes”.

Por la izquierda, José Molins, Carlos Pérez y José Fernández en Roma durante los Juegos Olímpicos de 1960

En su relato en Atletismo Español, Julio Bravo manifiesta que Carlos Pérez se había retirado a los 33 kilómetros. Se pregunta por las causas del abandono y establece que fundamentalmente fue debido al calor, pero también por el estado de sus pies. “Durante los días anteriores a la prueba”, escribe Julio Bravo, “veníamos observando la temperatura que solía hacer entre las tres y las cinco de la tarde. Con regularidad casi matemática solía caer un fuerte chaparrón en días alternos, que refrescaba mucho la temperatura a esas horas, mientras que los días que no llovía la pesadez de la atmósfera y el calor eran muy acusados. Como el día de la competición”.

“Teníamos plena confianza en Carlos Pérez”, sigue diciendo Julio Bravo, “en sus posibilidades como maratoniano, y sabíamos de su grado de preparación. Por eso seguimos pensando que si hubiera llovido el día de la prueba, el atleta español hubiera tenido una plaza muy destacada”.

También indica Julio Bravo que el vigués había corrido con calcetines de nylon, “desaconsejables por los médicos”, atribuyéndose a esta circunstancia las ampollas que tenía en los pies Carlos Pérez cuando se había retirado. “Sabemos que nuestro atleta tiene unos pies muy delicados, y esto es una gran limitación para un maratoniano. Pero esos calcetines, con los que corre siempre, son incoloros, para eliminar la acción irritante que pudieran suponer las anilinas de los tintes. Lo digo porque creo que sería excesivo echar la culpa a esta circunstancia de su fracaso en la Olimpíada. Los pies sólo le molestan cuando hace calor”.

Lo primero que cuenta Carlos Pérez de su experiencia olímpica mexicana es lo del sofocante calor: “En el momento de la salida ya había 33 grados y por momentos se llegó a 35 y 36”. Pero añade: “Estaba tan bien preparado que, entrando mal, contaba con hacerlo entre los diez primeros. Allí estaban mis amigos Abebe Bikila y Mamo Wolde. Cuando yo iba en cabeza, éste me dijo que me quedara porque sabía que Bikila, que había salido muy fuerte, no iba a llegar”.

El vigués, flanqueado por Moncho Monsalve, a la izquierda, y Don Juan Carlos de Borbón en los Juegos Mediterráneos de Túnez 1967

Según el vigués, la táctica de los etíopes consistía en prepararle la carrera para Wolde. De hecho después se produjo el abandono del doble campeón olímpico de Roma y México. Carlos Pérez, corridos una treintena de kilómetros, señala que “llevaba los pies totalmente quemados. En cuanto los médicos me los vieron no me dejaron seguir. Luego, en la Villa Olímpica, me sacaron dos jeringuillas como de caballo con sangre negra como la tinta china. Tuve que estar un mes con los pies vendados. Se me habían quemado por completo”.

Mamo Wolde, con 2h20:26.4, fue el mejor maratoniano en México 1968, ocupando los otros dos puestos de honor el japonés Kimihara, 2h23:31, y el neozelandés Ryan, 2h23:45.

En nada se parecieron los maratones de los Campeonatos de Europa de Atenas 1969 y Helsinki 1971 al que había hecho en Budapest 1966. En la capital ateniense su puesto final fue el decimocuarto (2h29:28.6) y victoria del británico Hill, 2h16:47.8. Al vigués le dieron un pisotón quitándole la zapatilla en el momento en que se aceleró el ritmo en cabeza, por lo que, al detenerse para colocarla, perdió contacto con la misma. Todavía faltaba mucha carrera pero se limitó a estar en ella con la intención de concluirla. “Quizás si se hubiera arriesgado hubiera terminado entre los diez primeros”, se lee en Atletismo Español.

Y en Helsinki 1971, con tres españoles en acción, el de peor clasificación fue el vigués, que estaba lesionado. José Manuel Ballesteros, en su crónica del acontecimiento, refleja al menos que “derrochó coraje para terminar la prueba”. Y la finalizó en el puesto 33 en 2h26:53.6. Tampoco tuvo demasiada fortuna Juan Hidalgo por culpa de una zapatilla que le incordió durante bastantes kilómetros, por lo que entró descalzo en el estadio (quedó el 23 en 2h22:42.4). Y Agustín Fernández, que salió a competir con dolores lumbares, fue el mejor al finalizar octavo en 2h18:26.6. El campeón europeo, el belga Karel Lismont, hizo 2h13:09.0.

Los célticos Ramón Tasende, izquierda, y Carlos Pérez en Cangas en 1971

Tiene muy claro Carlos Pérez que ya no se contaba con él en 1972 para los Juegos Olímpicos de Múnich. “La prueba”, dice, “es que no tenía ayuda olímpica. Reclamé y me dijeron que no”. Se estaba entrenando en Finlandia cuando, a pocos meses del acontecimiento, le indicaron que en el maratón de Manchester se iban a decidir los representantes españoles en los Juegos. Allí se presentó Carlos y Mariano Haro, Agustín Fernández, Juan Hidalgo… Lo que pretendía, claro está, era concluir por delante de sus compatriotas y lo consiguió al realizar una gran carrera. A Múnich acudieron él y Agustín Fernández.

En su tercera comparecencia olímpica, Carlos no actuó bien. Quedó en el puesto 50 con un tiempo de 2h33:22.6; Agustín Fernández se situó algo mejor, el 39, con un registro de 2h27:24.2. Y sobre ambos escribió Pedro Escamilla: “Estuvieron menos que discretos. Les pasó a muchos, y ellos, por otra parte, habían merecido la designación tras sus buenas actuaciones a lo largo del año y, sobre todo, en fechas cercanas al comienzo de la Olimpíada. De todas maneras, se esperaba mucho más de cada cual. Agustín fue 39 y Carlos Pérez 50, lugares absolutamente en desacuerdo con su valor real”.

Se ha quejado siempre amargamente Carlos de aquellas competiciones previas que tuvo que realizar y que le restaron facultades. “En Múnich”, dice, “pagué estos esfuerzos”.

El norteamericano Frank Shorter, con 2h12:19.8, se proclamó campeón olímpico, llevándose la plata el belga Karel Lismont, 2h14:31.8, y el bronce el etíope Mamo Wolde, 2h15:08.4.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *