Fecha: 17 de octubre de 2019 · Autor: Emilio Navaza · Categoría: Hechos

75 vueltas a la pista

Hubo un tiempo en el que los fondistas más atrevidos solían presentarse en las pistas con la intención de conseguir alguno de aquellos récords en verdad sorprendentes, los que iban más allá de los límites de las pruebas establecidas, y que no eran otros que el récord de la hora o el de los 20.000 metros, de los 25.000 y también de los 30.000, lo que, en este último caso, supone enfrentarse a nada menos que 75 vueltas en el estadio. El correoso vigués Carlos Pérez (1935) se adueñó de todas estas plusmarcas (la Asociación Española de Estadísticos de Atletismo las tiene perfectamente recogidas en un documentado libro) y es el único gallego que puede enorgullecerse de ello.

El 25 de abril de 1965, en el estadio pontevedrés de la Juventud, Carlos Pérez, integrante del Real Club Celta (todas estas gestas las obtuvo defendiendo el equipo celeste vigués), iba decidido de mañana a por el récord de los 20.000 metros cuando, a la hora de carrera, quedó registrado lo que ya había recorrido, exactamente 18.986,25 metros, y que suponía su primera plusmarca.

La mejor marca de la historia corriendo una hora en la pista la había señalado Miguel Peña en 1919 en Madrid (16.334 metros), aunque la Federación Española homologa como primera marca la de Pedro Prat que cubrió 17.698 metros en 1913 en el Parque de la Ciudadela en Barcelona. Y el último récord español es cosa del gran Mariano Haro quien, en San Sebastián, llegó hasta los 20.493 metros el 9 de agosto de 1975.

La Voz de Galicia (5 de noviembre de 1968) da cuenta de los récords nacionales de 25.000 y 30.000 metros logrados por Carlos Pérez en Riazor

Pero volvamos con Carlos Pérez en su afán por batir la plusmarca de 20.000 metros aquel 25 de abril de 1965. Su deseo por alcanzar el éxito -que obtuvo- no admitió que le pesaran las piernas y atravesó la meta en 1h03:17.6. En aquella aventura le acompañaron otros atletas -lo que siempre es de agradecer- que realizaron estos tiempos: 2º. Manuel Veloso, 1h11:55.8; 3º. Gerardo Riveiro, 1h12:35.6; 4º. José Luis Torrado, 1h15:13.2; 5º. Ignacio Fernández, 1h17:45.4; y 6º. José Luis Abal, 1h.22:47.0.

A Ángel Mur le cabe el honor de iniciar la lista española de plusmarquistas de 20.000 metros al haber hecho un tiempo de 1h14:19.0 en 1941 en Barcelona. La última mejor marca le corresponde a Mariano Haro, 58:37.8, el 9 de agosto de 1975 en San Sebastián, es decir, el mismo día en el que también se apoderó del récord de la hora.

El domingo 3 de noviembre de 1968, La Voz de Galicia anunciaba la presencia de Carlos Pérez en el estadio de Riazor, desde las once de la mañana, con la intención de superar tanto el récord nacional de la hora como el de los 30.000 metros. Indicaba también que el atleta vigués siempre había acudido “con gusto” a la ciudad coruñesa “y nunca regateó su concurso cuando se le invitó para una prueba”. En esta oportunidad, cuenta el periódico, no se trataba de que hubiera sido invitado sino que comparecía “a petición suya” y siendo consciente de que iba a poder contar con el “apoyo del público”. La información tenía, sin embargo, un punto negativo: “Las condiciones climatológicas no son muy favorables; la pista, excesivamente encharcada, tampoco. Si, con ello, consigue su doble objetivo, el mérito será mayor”.

En la línea de salida se situaron seis atletas y entre ellos también estaba otro coloso vigués, y céltico, Javier Álvarez Salgado, dispuesto a sufrir lo que hiciera falta para poder ayudar en su sueño a Carlos Pérez. Este, no obstante, se quedó solo cuando no iban allá más de nueve kilómetros consumidos al haber tenido que aminorar su ritmo Álvarez Salgado –“era el que resistía más tiempo”- debido a un contratiempo físico, aunque no le impidió continuar sobre la pista hasta que finalizó la prueba Carlos Pérez, pero lo “hizo a intervalos, siendo, de todos modos, muy efectiva su colaboración”.

Aunque no consiguió el récord de la hora, Carlos Pérez obtuvo en aquella jornada matutina, a la que no faltó el público, un doble triunfo: se hizo con la mejor marca de 25.000 metros (los cubrió en 1h20:03.2) y con la de 30.000 (1h36:32.4), lo que, según La Voz de Galicia, “pone de manifiesto la fortaleza, decisión y buena forma del gran atleta vigués”. En Atletismo Español se reflejó entonces las mejores marcas que se habían establecido en diferentes países y al frente del escalafón, en los 25.000 metros, figuraba el británico Ron Hill con 1h15:22.6 desde 1965, mientras que la segunda posición la ocupaba un atleta de nombre inolvidable: el checo Emil Zátopek con 1h16:36.4 desde 1955; en los 30.000 metros, otro británico, Jim Hogan, era el que mandaba con 1h32:25.4 desde 1966 y aquí Zátopek era sexto con 1h35:23.8, registro hecho en 1952.

La primera marca de 25.000 metros señalada como récord en España es la de Carlos Baró quien, el 4 de septiembre de 1941 en Barcelona, realizó un tiempo de 1h33:12.4, a su paso por esta distancia en una prueba de 30.000 metros. Y la última plusmarca de estos 25.000 metros es la que obtuvo precisamente Carlos Pérez el 2 de septiembre de 1969 en A Coruña (1h19:56.8) de camino hacia los 30.000 metros.

Y es que Carlos Pérez volvería a Riazor ese referido 2 de septiembre de 1969 con la pretensión de superarse en los 30.000 metros; lo hizo a las 20.30 horas por lo que acabó la carrera con noche cerrada y lógicamente con luz eléctrica y un registro de récord de 1h36:07.8, quedando tras él Antonio Barcia, 1h42:10.4, y Manuel Veloso, 1h45:18.6. Desde 1941, Carlos Baró poseía la mejor marca (1h54:00.0) y Carlos Pérez, desde aquel año 69, figura como último recordman.

A sus 84 años, el vivaz Carlos Pérez recuerda aquellas carreras suyas de larga distancia en Riazor afirmando que tomara la decisión de afrontarlas tras observar con su entrenador Alfonso Ortega que los récords de esas pruebas databan de bastante tiempo atrás y eran asumibles para un hombre como él encaminado hacia el maratón.  Rememora también que, con respecto a la carrera nocturna de 1969, pudo contar con la aportación de agua y esponjas humedecidas en el avituallamiento situado a la altura de la ría de obstáculos, aprovechando tal vez las sombras de la noche puesto que, según dice, no estaba permitido entonces este tipo de ayuda. Lo que tiene muy claro todavía hoy es que estas largas y monótonas carreras no solían hacer mella en él y las concluía sin que el esfuerzo fuera muy visible: en una palabra, “llegaba bien”, manifiesta.

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