Fecha: 9 de febrero de 2017 · Autor: Emilio Navaza · Categoría: Personajes

Raimundo Fernández Fernández

La jabalina era un juguete

A nadie puede extrañar que Raimundo Fernández Fernández (A Coruña, 1970) se dedicara a lanzar la jabalina siendo el hijo de Raimundo Fernández Vázquez, reconocido entrenador de consumados especialistas. El problema (porque ahí existió un problema solventado admirablemente) radicaba en que Raimundo júnior, al que llaman Necho, carecía de la corpulencia con la que se desenvuelven los grandes campeones.  Pero él rompió con esa imagen al ser capaz de situarse en posiciones de vanguardia cuando otros, por supuesto, no lo veían. Incluso su progenitor trató de encauzarlo por otros derroteros. Raimundo Fernández Fernández,  internacional en siete ocasiones, con una mejor marca de 76 metros y habiendo pertenecido a clubes punteros del país, fue campeón de España en 1993 y 1996, además de clasificarse tres veces segundo y  tres veces tercero.

Raimundo Fernández cuando defendía al Puma Chapín de Jerez

“Yo era un chaval muy coordinado”, comenta Necho. “Destacaba ya de niño en las clases de educación física pero para la especialidad de lanzamiento de jabalina era para lo que quizá estaba peor dotado”.  Y explica que para esto se requiere ser “gente grande” y él, claro está, no daba esa talla. Por eso su padre procuraba aconsejarle de que pusiera los ojos en cualquier otro deporte.  “Jugué al fútbol, al balonmano, hice lucha, todo tipo de deportes. Me recomendaba que me inclinara por otras especialidades porque para la jabalina, con 1,70 de estatura, veía ciertas limitaciones”.  Pero algo debía de tener la jabalina para Necho que se volcaba hacia ella con permanente entusiasmo. “Desde niño disfrutaba lanzando, me gustaba hacerlo, lo hiciera lejos, lo hiciera cerca…”

La jabalina la llegó a tener siempre tan al alcance de la mano, era para él algo tan querido que, afirma, “fue un juguete realmente”.  “Me iba a ver los entrenamientos de mi padre, le iba a recoger las jabalinas, se las devolvía, fui jugando…” Y recuerda por tanto aquella primera vez en que pudo lanzar en competición hasta los 32 o 33 metros, algo así, muy alejado del ganador, por supuesto, pero enormemente feliz, segurísimo, por haber estado allí.

Y también nos descubre Necho un aspecto de su forma de ser que seguramente ha sido fundamental para que continuara con el dardo, pese a las advertencias de que no lo hiciera. “Soy bastante cabezón”. Así de rotundo.  “Si tienes claro lo que te gusta y lo que quieres, pues es difícil que te frenes. Los técnicos decían que estaba muy limitado y a mí me servía de acicate para demostrar que, a pesar de eso, explotando otro tipo de cualidades como pueden ser la coordinación, el perfeccionar la técnica, la velocidad gestual, podía pelearme con el resto de la gente como luego he demostrado”.

Trenzó una vida con el atletismo de muchos años, desde que se integró en el Real Club Deportivo de su ciudad, en el último tramo de los años 80, hasta llegar al Club Puma Chapín de Jerez cuando se abría el escenario del nuevo siglo (su última campaña fue la de 2008), pero pasando con anterioridad por el Santiveri, Atletismo Coruña, Larios, Airtel Moratalaz y Valencia Terra i Mar. Y nunca se despegó de las enseñanzas de su padre, que fue quien condujo de manera eficaz toda su carrera. “Para qué cambiar si realmente estás con el mejor, ¿no?”

En 1991 acudió a los Campeonatos de España absolutos en Barcelona por primera vez (acabó quinto con un registro de 63,00 metros), después de haber conseguido, alrededor de quince días antes, el título nacional de la categoría promesa en Sant Boi de Llobregat (Barcelona) al imponerse con 63,66 metros de una manera clara a sus mejores oponentes: Rafael Garrido, 58,36, y Joan Segarra, 58,34.

Fue en Gandía, en 1993, cuando venció sin contemplaciones a sus rivales con un mejor tiro de 74,02 para dejar escrito en su palmarés que ya era campeón de España; aquel podio lo completaron Julián Sotelo, 70,38, y José Manuel Hermoso, 65,54. De aquel 3 de julio se acuerda perfectamente el protagonista porque cinco días antes había sufrido un esguince en un pie. “No sabía si iba a poder lanzar”, señala. “Me estuvieron tratando médicos cubanos con unas hierbas y en cinco días, con el pie hinchado, me lo vendaron, salí a la pista, mejoré mi marca y quedé campeón. Fue una cosa tremenda. Y eso no lo olvidaré nunca”.

El coruñés en una de sus actuaciones con la selección española

La marca de 74,02 metros conseguida en Gandía le valió para ocupar aquel año 93 la segunda plaza del ranking español de todos los tiempos y que dominaba a placer Julián Sotelo con 78,78, marca realizada en el 92.  En tercer lugar estaba Enric Bassols con 72,26. En ese momento solo había cinco atletas que superarban los 70 metros.

La única vez que Raimundo figuró de líder en el ranking nacional fue el año 1998 al contar con una marca de 75,88, realizada en Pamplona el 5 de agosto. Y cuando consiguió la que es la mejor marca de su vida, 76,00 metros, obtenida en Narón el año 2000, únicamente Gustavo Dacal era quien lo aventajaba esa temporada con un registro de 77,20.

Tardaría tres años en volver a ser campeón de España y esta vez, en Málaga, en 1996, no se vio flotando de felicidad como le había sucedido en Gandía. “No me dejó la misma sensación”, dice, lo que tampoco es nada sorprendente dado que su primer título se lo había labrado siendo prácticamente un ocasional inválido; en la ciudad andaluza, todo era normalidad. Ganó con 71,46 metros por delante de César Mayorga, 69,20, y Carlos Pérez, 67,40; el plusmarquista nacional Julián Sotelo, ya con su biografía escrita hasta la última página, estuvo desafortunado  en aquel campeonato al realizar tres intentos nulos.

Raimundo vio en tres ocasiones cómo se le cerraba el paso al triunfo de un nuevo título nacional: en 1997 lanzaba 70,08 y Antonio Esteban 73,40, en 1999 conseguía 70,11 y Gustavo Dacal 73,14, y en 2004 llegaba a 70,04 y de nuevo Dacal concluía en 71,23.

Y sus tres medallas de bronce las conseguía en 1995 con una marca de 67,42 (ganó Julián Sotelo, 71,42), en 2002 cuando llegó a 71,32 (el vencedor fue  Dacal, 73,64), y en 2007 al alcanzar 68,31 (el oro se lo llevó Dacal, 73,13).

No esconde un leve desencanto por esos premios secundarios obtenidos ya que, como indica, se preparaba para ser el mejor. “El segundo es el primer perdedor”, subraya con una sonrisa. “No quedando primero ya me da igual segundo, tercero, que cuarto. Depende del objetivo de cada uno. Yo siempre iba con opciones de quedar primero pero…”  Naturalmente, hay que tener en cuenta a los demás, “la hornada de hombres de la época que te toca vivir”. Y, en ese sentido,  en sus primeros momentos le correspondió vérselas con Julián Sotelo, uno de los intocables.  “Éramos compañeros de entrenamiento. Fue un poco el que abrió camino en lo que a jabalina en España se refiere. Con el nuevo modelo pasó de 70 metros y todavía tiene el récord de España en 78 metros. Yo siempre fui a la zaga de él. Hubo un momento en el que su carrera se cruzó con la mía, él ya empezó a ir hacia abajo y yo subía. Precisamente el año 93 fue el punto de inflexión en el que tomé un poco el relevo…” Aunque, cierto es, siempre se encontraba enfrente algún competidor para comprometerlo. “Éramos un manojo de lanzadores que nos estábamos disputando las medallas”.

Fue campeón de España dos veces en los años 90

Raimundo fue creciendo como atleta y no hubo manera de que los clubes de Galicia pudieran retenerlo en sus filas al estar más limitados económicamente, de ahí que se acabara integrando en los mejores del país como fue el caso del Larios madrileño en un inicio, con el que ganó dos veces la Copa de Europa y en seis ocasiones la Liga española. “El Larios”, apunta, “fue el que apostó por mí. Fue un club que funcionó con mucha profesionalidad siempre, a nivel de material, de pagos, de viajes, absolutamente todo que es, como deportista, lo que valoras. En atletismo es muy difícil hacerse millonario y menos en lanzamientos; lo que miras es que te cuiden bien”.  Y otro de los grandes a los que perteneció, aunque solo por un año, fue el Valencia Terra i Mar, para establecer luego su última parada en el Puma Chapín con el que alcanzó ocho títulos nacionales. “Siempre he estado en el club campeón de España, la verdad es que siempre han contado conmigo”.

Batió el récord gallego de jabalina seis veces. El primero llegó a su poder en 1991 cuando, al lanzar 66,86, dejaba atrás los 65,66 que poseía el ourensano Luis Nogueira desde 1988; en 1992 lo situaba en 68,02; en 1993 se superaba por tres veces al ir consiguiendo 71,26 primero,  73,78 después y terminar en 74,02; y la última plusmarca la obtuvo en 1996 al medírsele una distancia de 74,76 metros. (Todos estos récords los obtuvo con el nuevo modelo de jabalina implantado en 1986). Asimismo logró ser campeón gallego ocho veces, con la particularidad de que alcanzó en la edición del año 2000, celebrada en Narón, la mejor marca que hizo nunca, 76,00 metros.

Al tener que irse alejando inevitablemente de la primera línea competitiva se llevaba consigo una cierta decepción, no una decepción que le resulte insoportable, pero una decepción al fin y al cabo: no ha sido olímpico. “Es la gran espinita que tengo clavada. Yo siempre me he quedado a las puertas”.  Relata el momento en que el objetivo eran los Juegos de Barcelona y que no pudo ser convocado. “Me quedé a 24 centímetros de la mínima”.

Licenciado en Educación Física y entrenador nacional de atletismo, desempeña el cometido de técnico deportivo en el Ayuntamiento de A Coruña y entrena a jóvenes que, igual que él, son apasionados de la jabalina en la ya muy reconocida Escuela de Lanzamientos de su ciudad (donde está  su padre), integrada en el seno de la Federación Gallega de Atletismo; además acude a concentraciones de la selección española con atletas de categoría júnior y juvenil.  Y como la vertiente competitiva no le ha desaparecido completamente, se tiene acercado en alguna ocasión a medir sus posibilidades con otros atletas veteranos, y no le ha ido nada mal: consiguió la medalla de plata en los Campeonatos del Mundo en Sacramento (EEUU) para mayores de 40 años en 2011, y la de oro europea en pista cubierta en San Sebastián en 2013. Obtuvo el récord nacional de jabalina (mayores de 35 años) al lanzar 71,67 metros el 27 de mayo de 2007 en Albufeira (Portugal).